El burka

El burka no me gusta, pero prohibirlo me gusta tan poco como su uso.

Si empezásemos a prohibir todo aquello que no nos gusta podríamos terminar prohibiendo el fútbol (hay quienes lo aborrecemos), la comida basura, el reggeaton, la corbata, los calcetines blancos con sandalias, las trenzas judías (no, no me gustan), los pantalones ‘cagados’, o el steak tartar entre otros.

Lo primero que debemos entender es que convivir significa aceptar que no necesariamente ha de erradicarse todo aquello que no nos gusta, y que las cosas que no nos gustan de los demás podrían enriquecernos como personas si hiciésemos un esfuerzo por intentar entenderlas. De cualquier manera, no todos estamos llamados al camino del entendimiento mutuo con todo el mundo, y eso también está bien, no me tienen que gustar todas las personas del mundo, su vestimenta o su manera de comportarse y no pasa nada siempre que la libertad del individuo que no me gusta (por A o por B) no choque con mi libertad, ni con las de los demás. Y hasta donde yo entiendo, la libertad de una persona de llevar burka no hace daño a nadie (si acaso a quien lo lleva), y no difiere en mucho de la libertad de llevar unos zapatos de Manolo Blanik que tampoco hacen daño a nadie (…si acaso a quien los lleva).

Así que estoy totalmente en contra de la prohibición de llevar Burka en sitios públicos (una medida que se ha establecido en Berlín hace unos días, y que se discute si generalizarla a toda Alemania), no sólo por lo dicho, sino porque tengo claro que las prohibiciones en general crean el efecto contrario: que se tiende a reivindicar aquello que se prohibe y termina generándose un efecto rebote, y sinceramente, tampoco me gustaría que gracias a esa prohibición haya quienes martiricen la dichosa prenda.

Por si no me he explicado bien: no tengo el más mínimo interés en defender el uso de esta prenda que me parece horrible, porque en sí lo es, pero también por la horrible carga ideológica que hay detrás de su uso. Lo que defiendo es que prohibir su uso es un error.

Imaginémonos el escenario al revés: en un país X se prohíbe llevar alguna prenda a la que estamos habituados, como por ejemplo un sombrero, porque ningún local está acostumbrado a ver gente con sombrero, y se argumenta que es para favorecer la integración y la cohesión social… ¿realmente aquellos a los que prohíben llevar sombrero se sentirán más integrados en una sociedad que les impide utilizar una prenda con la que se sienten cómodos?. No lo creo. El efecto que se consigue es el opuesto a la integración, es la sensación de que no te aceptan como eres, de que te fuerzan a ser una persona distinta, de que te marginan por ser como eres, y eso produce ira. Ira contra una sociedad que atenta contra tu libertad, y ya sabemos dónde conduce la ira. Es verdad que el burka no es una prenda equiparable al sombrero o a la corbata (desde nuestro punto de vista), pero no tenemos ningún derecho a prohibirle a nadie que se vista como le dé la gana.

Se argumentarán muchas cosas contra el burka, y seguramente estaré de acuerdo: detrás del uso del burka hay una ideología que merece ser discutida con aquellos que lo defienden, pero prohibir su uso nos equipara a las sociedades que lo crearon. El camino a la integración pasa por entender la razones de aquellos a quienes decimos querer integrar en nuestra sociedad, y en todo caso si hay una prenda que genera tanto rechazo como esta, lo que hay que hacer es hablar con quien lo usa, escuchar sus historias, entender sus sentimientos en relación a esa prenda y exponerles los nuestros, y dejar que un verdadero intercambio cultural surja. No sabemos dónde nos llevará esa manera de actuar: en algunos casos a que sus usuarias dejen de usarlo, en otros quizá a la creación de nuevas prendas inspiradas en el burka (me da pereza pensar en ello, pero puede ocurrir), y en otros a libros del tipo “yo me quité el burka”… Lo que sí sabemos es que ese proceso nunca engendrará ira, sino todo lo contrario, agradecimiento; el agradecimiento y buen rollo que todos sentimos cuando nos sentimos escuchados. La integración es un proceso, no algo que se pueda imponer, y mucho menos a base de prohibiciones.

No quiero poner punto final a este post sin hacer una reflexión acerca de las prohibiciones en general: a pesar de defender que la prohibición como concepto es un error, creo que las situaciones en las que se genera un daño a físico a terceros o se atenta contra la libertad de otros sí son susceptibles de ser tratados en términos de prohibición de manera temporal. He aquí algunos ejemplos claros de cosas que están bien prohibidas, otras que están mal prohibidas, y otras que deberían prohibirse:

  • Fumar en sitios públicos. Causa daño físico a las personas alrededor del fumador, por lo tanto la prohibición tiene sentido.
  • Consumir alcohol o cualquier otro tipo de droga en privado. No causa ningún daño a nadie más que a quien decide consumirlo, por tanto no debería estar prohibido (y hablo de cualquier tipo de droga).
  • Conducir bajo los efectos del alcohol u otro tipo de droga. La posibilidad de causar daños irreparables a terceros es muy alta, por lo tanto la prohibición tiene sentido.
  • Dedicir cómo y cuándo morir no causa ningún daño a nadie más que a quien decide que no desea vivir más, por tanto la eutanasia no debería estar prohibida.
  • Matar animales por diversión de la forma que sea debería estar prohibido porque el daño a terceros está claro, y porque siempre se inflige en clara superioridad.
  • Usar burka…

La prohibición como concepto tenderá a desaparecer a largo plazo, conforme la evolución nos lo vaya permitiendo, dando lugar a sociedades en las que prime el respeto hacia las demás personas y seres vivientes por encima del miedo al castigo que se deduce de su aplicación, y entonces las prohibiciones sólo ocuparán los libros de historia.

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@jfcapristan